Ogíjares

Dos iglesias constituyen el principal patrimonio arquitectónico de este término: la de la Virgen de la Cabeza, en el Lugar Alto, de los siglos XVI y XVII, con algunas imágenes de importancia como una Inmaculada Concepción atribuida a la Escuela de Alonso Cano, y la de Santa Ana, en el Lugar Bajo, del siglo XVI y con la imagen del Señor de la Expiración fechado un siglo después. La ermita del Ecce Homo es del siglo XVIII y el convento de las Carmelitas Descalzas de la Sagrada Familia corresponde a los primeros años del siglo XX. Peculiaridades Muchas tradiciones han desaparecido en este municipio durante las últimas décadas como el ñTiro al Galloñ el 1 de enero, la ñRueda de Santa Catalinañ el 24 de junio (San Juan), el ñLanzamiento del Garbanzoñ a San Antonio de Padua el 13 del mismo mes, el ñBaño de las Mozuelasñ en una acequia por la Virgen del Carmen (16 de julio), la excursión a la Fuente de la Teja el 26 de ese mismo mes (Santa Ana) o las ñCédulasñ el 31 de diciembre, que servía para emparejar a los jóvenes. Se mantiene la romería durante las fiestas del Cristo de la Expiración, con numerosos disfraces, y la costumbre de estallar huevos duros en la cabeza de los vecinos el Día de la Cruz.

Historia

El yacimiento del Cerro de San Cristóbal, donde han aparecido objetos y utensilios de los periodos Neolítico, Edad del Cobre, del Bronce y Visigótico, demuestra que la zona que hoy ocupa el municipio de Ogíjares ha podido ser asentamiento humano desde la Prehistoria. Aunque el verdadero origen como núcleo urbano corresponde a la dominación musulmana, durante la que surgen dos alquerías que reciben los nombres de Ugíjar la Alta y Ugíjar la Baja, la primera de ellas con una fortaleza, mezquita y rábitas, y la otra, más pequeña y también llamada Fornex, igualmente con rábita y cementerio. Tras la conquista por los Reyes Católicos se unen ambas para formar una sola parroquia y surge el municipio actual que fue repoblado tras la guerra y de nuevo cuando se expulsó a los moriscos. La población fue creciendo paulatinamente hasta la epidemia de cólera de 1877, y luego decreciendo hasta que de nuevo se incrementó en la década de los 30 del siglo XX, para experimentar una verdadera explosión urbanística y demográfica a lo largo de los últimos 25 años y convertirse en buena parte en ciudad dormitorio y sede de segundas viviendas para familias de la capital.