Para alcanzar el mirador de San Nicolás, punto de partida de nuestro itinerario, recomendamos tomar el microbús del Albaicín, que tiene parada justo debajo del punto de inicio.

Nos desplazaremos luego hasta la puerta de las Pesas para volver sobre nuestros pasos y situarnos en el callejón de las Tomasas. EL recorrido que sigue desciende bruscamente por la ladera hasta llegar a la calle Calderería Nueva.

“Más que un barrio, más que un cielo bajo –como lo llamó Juan Ramón Giménez-, más que un pueblo dentro de una ciudad, el Albayzín era un mundo lleno de espíritu y de misterio, un huerto cerrado, sensual y místico, una confluencia de constelaciones benignas, una puerta franca a la historia, un lugar para acometer una vida más bella y más digna.”

En el itinerario anterior hemos visto un Albayzín cargado de monumentos y de historia, a los que podemos acercarnos como meros espectadores. Pero el Albayzín es algo más, es también el mundo de alta sugestión que tanto caló en Fernando Villena.

Esta realidad, sin duda alguna objetiva, es quizá el carácter más acusado del paseo que vamos a iniciar. Pasaremos del Albayzín universal y más conocido que se presenta en el mirador de San Nicolás, ese del que se ha dicho “que Dios baja diariamente disfrazado de niño o de paloma, para ver desde aquí el más hermoso espectáculo del mundo”, al Albayzín de la ladera, un Albayzín profundo y menos conocido.

En él se siente la calle sin gente, la escalera casi vertical, la visión silenciosa, la placeta misteriosa, la pareja que se arrulla en la esquina. Un mundo que puede parecernos irreal, pero que sin duda penetrará en el visitante con inolvidables sensaciones, que adobaremos con evocaciones costumbristas muy cercanas a nuestro tiempo.

Casi al final del recorrido se entrará otra vez en el Albayzín que nos retrotrae con sencilla monumentalidad a la plena historia y a las altas realizaciones artísticas, rodeadas también de silencio, para rematar en una calle donde de pronto irrumpe el bullicio, los colores y sabores propios del mundo magrebí. Un mundo, en cualquier caso exótico, que se sobrepone al genuinamente albaicinero.
 

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