Avanzando por la calle de Santa Isabel, nos sorprende gratamente la elegante portada de acceso al convento que da nombre a la calle. Cuando el visitante la cruza, el tiempo parece haberse detenido y el aire se llena de sosiego. En efecto, ante nuestros ojos se muestran las casas ocupadas en otros tiempos por los capellanes y seglares adscritos al monasterio, la sobria puerta del propio convento, la fachada de la iglesia con su portada gótica y la torre en el más puro estilo mudéjar. Parece que hemos retrocedido siglos, aunque quizá un lejano murmullo de rezos nos recuerde que en su interior permanece vivo el compromiso de trabajo y oración que de forma continuada han mantenido las religiosas del convento.

 

Los orígenes
Con el avance de la llamada Reconquista, era frecuente la fundación de conventos con objeto de intensificar la cristianización de unos territorios que antes habían pertenecido al Islam. Son, por tanto, enclaves de fuerte significación ideológica y por ello era la misma Corona la que en muchos casos ordenaba las fundaciones.

 

Este de Santa Isabel se erigió por carta real dada por los Reyes Católicos el 15 de septiembre de 1501, celebraba el final de la reconquista y honraba la devoción que sentían hacia Santa Clara y Santa Isabel de Hungría. Lo dotaron económicamente, pero además tuvo otras fuentes para su mantenimiento como el trabajo en el huerto, la confección de ropas sagradas y las donaciones, muy frecuentes en aquel tiempo.

 

En este contexto llegaban a Granada en 1507 veinte religiosas franciscanas clarisas para establecerse de forma provisional en el palacio de Dar-al-Horra. Se inició así la andadura de una comunidad, que durante siglos ha superado múltiples vicisitudes, siendo el único convento albaicinero que ha sobrevivido a desamortizaciones y conatos revolucionarios.